Y ahora llego a casa con tu olor en mi ropa, en mi pelo, en mis manos... Con el sabor y el recuerdo de un beso tuyo en mi boca, con tus ojos clavados en los mios, con tus manos acariciando las mías y el roce de tu mejilla en la mía.
Las lágrimas se me agolpan en los ojos, quieren salir, pero no las dejo, así que empiezo a sentir cómo se me hace un nudo en la garganta. No quiero hacerme a la idea de que has pasado por mi vida y ya no estás como estabas, no quiero pensar que no volveré a sentir esa sensación al verte, no quiero pensar que se acabó..., porque no puedo creeer que sólo porque dices que no me echaste de menos haya que poner fin a este cuento que estaba empezando.
Un cuento... que empezamos con un "érase una vez...", te acuerdas? y un cuento en el que nadie ha acabado comiendo perdices.
Hoy me iría a la cama llorando, como una niña pequeña, que se acaba durmiendo por puro agotamiento de la llorera; y desearía que mañana al despertar todo hubiera sido un malsueño, y volviera a despertar con un mensaje tuyo, y no con la soledad y el vacío que provoca el sentir, desear, querer algo o, lo que es más, a alguien, y no poder tenerlo, y encima saber que no puedo hacer nada.
Lo que daría porque las cosas no hubieran salido así..., lo que daría por volver a empezar y poder escribir ese cuento con papel nuevo y lápices de colores recién sacados punta..., porque yo sí creo que podría haber tenido un final feliz, muy feliz.